Planteamientos psicológicos y pedagógicos
Este cuento de los hermanos Grimm “TODA CLASE DE PIELES” es un cuento folclórico.
Los cuentos folclóricos reflejan los sueños, los deseos y aspiraciones de las personas.
Aspectos psicológicos
En el libro podemos ver como la protagonista realiza el viaje iniciático, desde la infancia, hasta la edad adulta.
Pasa por diferentes pruebas y dificultades que la hacen pasar de niña a mujer y que debe de ir superando hasta llegar al final, el matrimonio.
Las pruebas que ha tenido que pasar y que le han hecho pasar a la edad adulta son:
-La hija del rey, intenta de todas las maneras posibles no casarse con su padre y para ello le propone que antes de casarse con él lo que quiere es que le confeccionen tres trajes (uno tan dorado como el sol, otro tan plateado como la luna y el otro tan brillante como las estrellas).
Pero no se quedo solo aquí, sino que además también pidió un abrigo con todas las pieles de los animales del bosque.
Aquí la princesa esta intentando huir del problema intentando hacer tiempo y que el compromiso no se haga.
- La siguiente prueba que debe de pasar ocurre cuando la princesa por miedo a casarse con su padre consigue escapar por la noche. Pero antes de salir cogio los tres vestidos (el tan dorado como el sol, el tan plateado como la luna y el tan brillante como las estrellas), el abrigo de toda clase de pieles que se lo puso cubriéndose las manos y la cara de hollín y sus tres tesoros: un anillo de oro, un torno de hilar de oro y una devanadera de oro, recuerdo de su madre.
Aquí sigue huyendo del problema sin ser capaz de hacerle frente, por lo que todavía no ha pasado de niña a mujer.
- Otra dificultad que se le presenta, es el momento en que un cazador la encuentra dentro de un árbol y casi la mata.
Los cazadores la preguntan como se llama pero no lo dice. La opción que toman estos es llevarla a palacio, pero no al de su padre sino a uno que ella no conocía.
Su trabajo en el palacio será servir en la cocina y barrer las cenizas.
La protagonista del cuento tiene que enfrentarse a algo que ella antes no había hecho y es trabajar. Esto le ayudara a madurar un poco y que aprende a valerse por si misma y no a que le hagan las cosas, como antes pasaba, ahora es ella la que esta en el otro lado y la encargada de hacer el trabajo.
- Otra fase por la que pasa la protagonista es la de enamorar al príncipe. Lo enamora gracias a los bailes que hay para que este encuentre mujer para casarse. Cada una de las noches la princesa usa el mismo ritual.
En la cocina, pide permiso al cocinero para ir a ver el baile durante un tiempo, esta se pone uno de los vestidos, y va al salón donde se celebra el baile, allí el príncipe la ve, y se enamora de ella.
Regresa a la cocina y allí hace la sopa al príncipe. Antes de regresar a la cocina se pone su abrigo de toda clase de piles, un abrigo que le permite esconderse y sentirse segura, ya que nadie con el la puede reconocer.
Poco a poco vamos llegando al final del viaje iniciático que empezó desde que el rey le pide a su hija matrimonio
- El viaje iniciático finaliza en el último baile, esta cuando va a llevar la sopa al príncipe, es descubierta y el príncipe se da cuenta de quien es la mujer de la cual se ha enamorado quitándole el abrigo que la oculta.
Esto supone el final del viaje iniciático, ya ha encontrado a su amor, su marido, ya pasa de la niña a adulta,
Aspectos pedagógicos
Creo que este cuento lo que no quiere enseñar es que no debemos de huir de los problemas que debemos enfrentarnos a ellos . Es el caso de la princesa al pedir a su padre los vestidos, aquí ella debería haberse enfrentado al problema, pero no lo hizo porque todavía era una niña, no había alcanzado la madurez.
Además te enseña que no debemos de juzgar a las personas por ser diferentes y que incluso podemos llegar a enamorarnos de la persona que nosotros nunca nos hubiéramos imaginado.
El príncipe sin conocer realmente a al chica con la que baila en la fiesta se enamora de ella y sus sentimientos no cambian al ver quien es esa chica de la cual se ha enamorado.
Este cuento además nos intenta enseñar que debemos ser capaces de afrontar los cambios que se nos pueden presentar en la vida y saber afrontarlos sin ningún miedo, ya que estos nos pueden enseñar mucho en nuestra vida.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
TODA CLASE DE PIELES
Érase una vez un rey que tenía una esposa con el cabello de oro, y era tan hermosa que no había otra igual en la tierra. Sucedió que ella se puso enferma y, cuando sintió que iba a morir, llamó al rey y le dijo:
—Si después de mi muerte quieres casarte, prométeme que no tomarás por esposa a otra que no sea tan bella como yo y que no tenga mis mismos cabellos de oro.
El rey estuvo inconsolable durante mucho tiempo, y no pensó en tomar otra mujer. Finalmente dijeron los consejeros:
—No hay otra salida. El rey debe casarse de nuevo para que tengamos una reina.
A continuación se enviaron mensajeros por doquier para buscar una novia que pudiera igualarse en belleza a la reina muerta. Pero no se pudo encontrar ninguna que fuera igual y, aunque la hubieran encontrado, no había ninguna otra que tuviera sus mismos cabellos de oro. Así que los mensajeros regresaron con las manos vacías sin cumplir el encargo.
El rey tenía una hija que era tan hermosa como su madre y tenía sus mismos cabellos de oro. Cuando se hizo mayor, el rey la contempló y vio que era el vivo retrato de su madre muerta, y sintió de pronto un amor apasionado por ella. Entonces les dijo a los consejeros:
—Quiero casarme con mi hija, puesto que es el fiel retrato de mi mujer muerta, y en ningún lugar puedo encontrar otra novia igual.
Cuando los consejeros oyeron esto, se asustaron y dijeron:
—Dios ha prohibido que el padre se case con la hija. De un pecado no puede venir nada bueno, y el reino se verá arrastrado a la perdición.
La hija se asustó todavía más cuando supo la decisión de su padre. Sin embargo, esperaba hacerle desistir de su proyecto. Entonces le dijo a su padre:
—Antes de que se cumpla vuestro deseo, tengo que tener varios trajes: uno tan dorado como el sol, otro tan plateado como la luna y el tercero tan brillante como las estrellas; luego quiero un abrigo de toda clase de pieles. Cada animal de vuestro reino debe dar un trozo de su piel para confeccionarlo.
Ella pensó: «Es casi imposible lograr esto, y mientras tanto puedo apartar a mi padre de sus malos pensamientos.»
El rey no cedió, y las doncellas más hábiles del reino tejieron los tres vestidos: uno tan dorado como el sol, otro tan plateado como la luna y el tercero tan brillante como las estrellas. Y sus cazadores apresaron a todos los animales del reino y le quitaron a cada uno un trozo de su piel; con ellos se hizo un abrigo de toda clase de pieles.
Finalmente, cuando todo estuvo preparado, el rey hizo traer el abrigo, lo extendió ante ella y dijo:
—Mañana se celebrará la boda.
Cuando la princesa vio que no había esperanza alguna de cambiar los sentimientos de su padre, tomó la decisión de huir en la noche, mientras todos dormían. Se levantó y cogió tres de sus tesoros: un anillo de oro, un torno de hilar de oro y una devanadera de oro; metió los tres vestidos de sol, de luna y de estrellas en una cáscara de nuez, se puso el abrigo hecho con toda clase de pieles y se tiznó la cara y las manos. Luego se encomendó a Dios y partió, andando toda la noche hasta que llegó a un gran bosque. Como estaba muy cansada, se sentó en un árbol hueco y se durmió.
Salió el sol y ella seguía durmiendo; se hizo completamente de día y aún continuaba durmiendo. Entonces sucedió que el rey al que pertenecía el bosque fue a cazar allí. Llegaron sus perros al árbol, lo olfatearon y corrieron a su alrededor ladrando. El rey dijo a los cazadores:
—Mirad a ver qué clase de animal salvaje se ha escondido ahí.
Los cazadores obedecieron el mandato y, cuando regresaron, le dijeron:
—En el árbol hueco hay un animal maravilloso, como no hemos visto otro igual; su pellejo es de toda clase de pieles, está echado y duerme.
—Mirad a ver si podéis apresarlo vivo —dijo el rey—; atadlo luego al carruaje y traedlo con vosotros.
Al apresar los cazadores a la joven, ésta se despertó sobresaltada y les dijo:
—Soy una pobre criatura, abandonada de padre y madre; compadeceos de mí y llevadme con vosotros.
Entonces ellos dijeron.
—«Toda-clase-de-pieles», tú sirves para estar en la cocina; vente y barrerás la ceniza.
Así pues, la sentaron en el carruaje y la llevaron hasta el palacio real. Le asignaron un cuchitril bajo la escalera, donde no entraba la luz, y dijeron:
—Animalillo salvaje, ahí puedes vivir y dormir.
Luego la enviaron a la cocina y ella traía el agua, la leña, atizaba el fuego, desplumaba las aves, limpiaba las verduras, barría la ceniza y hacía todo el trabajo ingrato.
Así vivió «Toda-clase-de-pieles» pobremente durante mucho tiempo. ¡Ay, pobre princesa, qué será de ti!
Pero sucedió que una vez se celebró una fiesta en el palacio, y ella le dijo entonces al cocinero:
—¿Puedo subir y mirar un poco? Me colocaré ante la puerta.
El cocinero dijo:
—Ve, pero en media hora tienes que estar de vuelta y recoger la ceniza.
Ella cogió su lamparita de aceite, fue a su cuchitril, se quitó la piel y se lavó el hollín de la cara y las manos, de manera que su belleza volvió a salir a la luz del día. Luego abrió la nuez y sacó el vestido que brillaba como el sol. Hecho esto, subió a la fiesta y todos le cedían el paso, pues nadie la conocía y pensaban que era una princesa. El rey le salió al paso, le dio la mano y bailó con ella pensando para sí: «Nunca he visto otra mujer más hermosa.»
Terminó el baile, se inclinó y, cuando el rey miró a su alrededor, había desaparecido sin que nadie supiera a dónde había ido. Se llamó a los vigilantes que estaban ante palacio, pero nadie la había visto. Entre tanto, ella fue a su cuchitril, se quitó rápidamente el vestido, se tiznó la cara y las manos, se puso el abrigo de pieles, y otra vez quedó convertida en «Toda-clase-de-pieles». Cuando llegó a la cocina y quiso ponerse a trabajar y barrer la ceniza, dijo el cocinero:
—Déjalo hasta mañana. Hazme la sopa para el rey, pero no dejes que se te caiga ningún pelo; si no, no comerás más pan en el futuro.
El cocinero se fue y la muchacha hizo la sopa para el rey. Le hizo una sopa de pan todo lo mejor que supo y, cuando estuvo terminada, cogió de su cuchitril su anillo dorado y lo puso en la fuente en la que estaba preparada la sopa. Cuando el baile terminó, el rey pidió la sopa y la comió, y le gustó tanto que pensó que nunca había comido otra igual. Al llegar al fondo de la fuente, vio el anillo de oro y no pudo comprender cómo había llegado hasta allí. Entonces ordenó al cocinero que se presentara ante él. El cocinero se asustó cuando oyó la orden y le dijo a «Toda-clase-de-pieles»:
—Seguro que has dejado caer algún pelo en la sopa. Como sea verdad, te pego una paliza.
Cuando llegó ante el rey, éste le preguntó quién había preparado la sopa. El cocinero respondió:
—¡La he preparado yo!
Pero el rey dijo:
—No es verdad; estaba hecha de otra manera y mejor que otras veces.
El cocinero contestó:
—Tengo que confesar que no la he hecho yo, sino el animalillo salvaje.
Dijo el rey:
—Hazla que suba.
Cuando «Toda-clase-de-pieles» llegó, le preguntó el rey:
—¿Quién eres?
—¡Yo soy una pobre criatura que no tiene padre ni madre!
El siguió preguntando:
—¿Para qué estás en mi palacio?
Ella contestó:
—Para nada bueno, solamente para que me tiren los zapatos a la cabeza.
El siguió preguntando:
—¿De dónde has sacado el anillo que estaba en la sopa?
Ella contestó:
—No sé nada de ese anillo.
Así que el rey no pudo aclarar nada y le dijo que se fuera.
Pasado algún tiempo, se celebró de nuevo una fiesta, y «Toda-clase-de-pieles» le volvió a pedir al cocinero que la dejara mirar como la última vez.
—Sí —contestó él—, pero vuelve dentro de media hora y hazle al rey la sopa de pan que tanto le gusta.
Ella se dirigió entonces a su cuchitril, se lavó velozmente, sacó de la nuez el traje que era tan plateado como la luna, y se lo puso. Subió y parecía una princesa. El rey salió a su encuentro y se alegró de verla de nuevo y, como empezaba en ese momento el baile, bailaron juntos. Pero cuando terminó el baile, desapareció tan rápidamente que el rey no pudo ver a dónde se dirigía.
Ella corrió a su cuchitril y se convirtió de nuevo en animalillo salvaje y fue a la cocina para preparar la sopa de pan. Aprovechando que el cocinero estaba arriba, cogió el torno de hilar de oro y lo metió en la fuente, de tal manera que preparó la sopa por encima del torno. Luego se la llevaron al rey, que la comió y le supo tan rica como la vez pasada, e hizo venir al cocinero, que tuvo que confesar de nuevo que «Toda-clase-de-pieles» había preparado la sopa. «Toda-clase-de-pieles» se presentó de nuevo ante el rey, pero ella contestó que solamente estaba allí para que le tiraran los zapatos a la cabeza y que no sabía nada del torno de oro.
El rey organizó una fiesta por tercera vez, y pasó lo mismo que las veces anteriores. De modo que el cocinero le dijo:
—Tú eres una bruja, animalillo salvaje. Siempre echas algo a la sopa para que esté muy rica y le sepa al rey mejor que la que hago yo.
Pero como se lo pidió tan insistentemente, la dejó ir un rato. Se puso el traje que brillaba como las estrellas y entró con él en la sala. El rey bailó nuevamente con la hermosa doncella y pensaba que nunca había estado tan hermosa. Mientras bailaban, sin que ella se diera cuenta, le puso en el dedo un anillo de oro. Había ordenado que el baile durara mucho tiempo y cuando éste se acabó, quiso retenerla por las manos, pero ella se soltó y se mezcló entre la gente tan rápidamente, que desapareció de su vista. Corrió todo lo que pudo hasta su cuchitril, bajó la escalera, pero como se había entretenido mucho más de media hora, no pudo quitarse el hermoso traje, sino que se echó el abrigo de pieles sobre él, y con la prisa no se tiznó del todo, sino que un dedo se le quedó blanco. «Toda-clase-de-pieles» se dirigió corriendo a la cocina, hizo la sopa de pan para el rey y en un momento en que el cocinero salió, puso dentro la devanadera de oro.
Cuando el rey encontró la devanadera en el fondo, hizo llamar a «Toda-clase-de-pieles»; entonces vio su blanco dedo y el anillo que le había puesto en el baile. La cogió por la mano y la sujetó. Ella quiso soltarse y escapar, pero el abrigo de pieles se le abrió un poco y el rey pudo entrever el brillo del traje de estrellas. El rey tiró del abrigo, descubriendo los cabellos de oro de la princesa, que apareció ante él en todo su esplendor y ya no pudo ocultarse por más tiempo.
Cuando se quitó el hollín y la ceniza de la cara, era lo más hermoso que se había visto nunca en la tierra.
El rey dijo:
—Eres mi querida prometida y no nos separaremos nunca más.
A continuación se celebró la boda y vivieron felices hasta su muerte.
—Si después de mi muerte quieres casarte, prométeme que no tomarás por esposa a otra que no sea tan bella como yo y que no tenga mis mismos cabellos de oro.
El rey estuvo inconsolable durante mucho tiempo, y no pensó en tomar otra mujer. Finalmente dijeron los consejeros:
—No hay otra salida. El rey debe casarse de nuevo para que tengamos una reina.
A continuación se enviaron mensajeros por doquier para buscar una novia que pudiera igualarse en belleza a la reina muerta. Pero no se pudo encontrar ninguna que fuera igual y, aunque la hubieran encontrado, no había ninguna otra que tuviera sus mismos cabellos de oro. Así que los mensajeros regresaron con las manos vacías sin cumplir el encargo.
El rey tenía una hija que era tan hermosa como su madre y tenía sus mismos cabellos de oro. Cuando se hizo mayor, el rey la contempló y vio que era el vivo retrato de su madre muerta, y sintió de pronto un amor apasionado por ella. Entonces les dijo a los consejeros:
—Quiero casarme con mi hija, puesto que es el fiel retrato de mi mujer muerta, y en ningún lugar puedo encontrar otra novia igual.
Cuando los consejeros oyeron esto, se asustaron y dijeron:
—Dios ha prohibido que el padre se case con la hija. De un pecado no puede venir nada bueno, y el reino se verá arrastrado a la perdición.
La hija se asustó todavía más cuando supo la decisión de su padre. Sin embargo, esperaba hacerle desistir de su proyecto. Entonces le dijo a su padre:
—Antes de que se cumpla vuestro deseo, tengo que tener varios trajes: uno tan dorado como el sol, otro tan plateado como la luna y el tercero tan brillante como las estrellas; luego quiero un abrigo de toda clase de pieles. Cada animal de vuestro reino debe dar un trozo de su piel para confeccionarlo.
Ella pensó: «Es casi imposible lograr esto, y mientras tanto puedo apartar a mi padre de sus malos pensamientos.»
El rey no cedió, y las doncellas más hábiles del reino tejieron los tres vestidos: uno tan dorado como el sol, otro tan plateado como la luna y el tercero tan brillante como las estrellas. Y sus cazadores apresaron a todos los animales del reino y le quitaron a cada uno un trozo de su piel; con ellos se hizo un abrigo de toda clase de pieles.
Finalmente, cuando todo estuvo preparado, el rey hizo traer el abrigo, lo extendió ante ella y dijo:
—Mañana se celebrará la boda.
Cuando la princesa vio que no había esperanza alguna de cambiar los sentimientos de su padre, tomó la decisión de huir en la noche, mientras todos dormían. Se levantó y cogió tres de sus tesoros: un anillo de oro, un torno de hilar de oro y una devanadera de oro; metió los tres vestidos de sol, de luna y de estrellas en una cáscara de nuez, se puso el abrigo hecho con toda clase de pieles y se tiznó la cara y las manos. Luego se encomendó a Dios y partió, andando toda la noche hasta que llegó a un gran bosque. Como estaba muy cansada, se sentó en un árbol hueco y se durmió.
Salió el sol y ella seguía durmiendo; se hizo completamente de día y aún continuaba durmiendo. Entonces sucedió que el rey al que pertenecía el bosque fue a cazar allí. Llegaron sus perros al árbol, lo olfatearon y corrieron a su alrededor ladrando. El rey dijo a los cazadores:
—Mirad a ver qué clase de animal salvaje se ha escondido ahí.
Los cazadores obedecieron el mandato y, cuando regresaron, le dijeron:
—En el árbol hueco hay un animal maravilloso, como no hemos visto otro igual; su pellejo es de toda clase de pieles, está echado y duerme.
—Mirad a ver si podéis apresarlo vivo —dijo el rey—; atadlo luego al carruaje y traedlo con vosotros.
Al apresar los cazadores a la joven, ésta se despertó sobresaltada y les dijo:
—Soy una pobre criatura, abandonada de padre y madre; compadeceos de mí y llevadme con vosotros.
Entonces ellos dijeron.
—«Toda-clase-de-pieles», tú sirves para estar en la cocina; vente y barrerás la ceniza.
Así pues, la sentaron en el carruaje y la llevaron hasta el palacio real. Le asignaron un cuchitril bajo la escalera, donde no entraba la luz, y dijeron:
—Animalillo salvaje, ahí puedes vivir y dormir.
Luego la enviaron a la cocina y ella traía el agua, la leña, atizaba el fuego, desplumaba las aves, limpiaba las verduras, barría la ceniza y hacía todo el trabajo ingrato.
Así vivió «Toda-clase-de-pieles» pobremente durante mucho tiempo. ¡Ay, pobre princesa, qué será de ti!
Pero sucedió que una vez se celebró una fiesta en el palacio, y ella le dijo entonces al cocinero:
—¿Puedo subir y mirar un poco? Me colocaré ante la puerta.
El cocinero dijo:
—Ve, pero en media hora tienes que estar de vuelta y recoger la ceniza.
Ella cogió su lamparita de aceite, fue a su cuchitril, se quitó la piel y se lavó el hollín de la cara y las manos, de manera que su belleza volvió a salir a la luz del día. Luego abrió la nuez y sacó el vestido que brillaba como el sol. Hecho esto, subió a la fiesta y todos le cedían el paso, pues nadie la conocía y pensaban que era una princesa. El rey le salió al paso, le dio la mano y bailó con ella pensando para sí: «Nunca he visto otra mujer más hermosa.»
Terminó el baile, se inclinó y, cuando el rey miró a su alrededor, había desaparecido sin que nadie supiera a dónde había ido. Se llamó a los vigilantes que estaban ante palacio, pero nadie la había visto. Entre tanto, ella fue a su cuchitril, se quitó rápidamente el vestido, se tiznó la cara y las manos, se puso el abrigo de pieles, y otra vez quedó convertida en «Toda-clase-de-pieles». Cuando llegó a la cocina y quiso ponerse a trabajar y barrer la ceniza, dijo el cocinero:
—Déjalo hasta mañana. Hazme la sopa para el rey, pero no dejes que se te caiga ningún pelo; si no, no comerás más pan en el futuro.
El cocinero se fue y la muchacha hizo la sopa para el rey. Le hizo una sopa de pan todo lo mejor que supo y, cuando estuvo terminada, cogió de su cuchitril su anillo dorado y lo puso en la fuente en la que estaba preparada la sopa. Cuando el baile terminó, el rey pidió la sopa y la comió, y le gustó tanto que pensó que nunca había comido otra igual. Al llegar al fondo de la fuente, vio el anillo de oro y no pudo comprender cómo había llegado hasta allí. Entonces ordenó al cocinero que se presentara ante él. El cocinero se asustó cuando oyó la orden y le dijo a «Toda-clase-de-pieles»:
—Seguro que has dejado caer algún pelo en la sopa. Como sea verdad, te pego una paliza.
Cuando llegó ante el rey, éste le preguntó quién había preparado la sopa. El cocinero respondió:
—¡La he preparado yo!
Pero el rey dijo:
—No es verdad; estaba hecha de otra manera y mejor que otras veces.
El cocinero contestó:
—Tengo que confesar que no la he hecho yo, sino el animalillo salvaje.
Dijo el rey:
—Hazla que suba.
Cuando «Toda-clase-de-pieles» llegó, le preguntó el rey:
—¿Quién eres?
—¡Yo soy una pobre criatura que no tiene padre ni madre!
El siguió preguntando:
—¿Para qué estás en mi palacio?
Ella contestó:
—Para nada bueno, solamente para que me tiren los zapatos a la cabeza.
El siguió preguntando:
—¿De dónde has sacado el anillo que estaba en la sopa?
Ella contestó:
—No sé nada de ese anillo.
Así que el rey no pudo aclarar nada y le dijo que se fuera.
Pasado algún tiempo, se celebró de nuevo una fiesta, y «Toda-clase-de-pieles» le volvió a pedir al cocinero que la dejara mirar como la última vez.
—Sí —contestó él—, pero vuelve dentro de media hora y hazle al rey la sopa de pan que tanto le gusta.
Ella se dirigió entonces a su cuchitril, se lavó velozmente, sacó de la nuez el traje que era tan plateado como la luna, y se lo puso. Subió y parecía una princesa. El rey salió a su encuentro y se alegró de verla de nuevo y, como empezaba en ese momento el baile, bailaron juntos. Pero cuando terminó el baile, desapareció tan rápidamente que el rey no pudo ver a dónde se dirigía.
Ella corrió a su cuchitril y se convirtió de nuevo en animalillo salvaje y fue a la cocina para preparar la sopa de pan. Aprovechando que el cocinero estaba arriba, cogió el torno de hilar de oro y lo metió en la fuente, de tal manera que preparó la sopa por encima del torno. Luego se la llevaron al rey, que la comió y le supo tan rica como la vez pasada, e hizo venir al cocinero, que tuvo que confesar de nuevo que «Toda-clase-de-pieles» había preparado la sopa. «Toda-clase-de-pieles» se presentó de nuevo ante el rey, pero ella contestó que solamente estaba allí para que le tiraran los zapatos a la cabeza y que no sabía nada del torno de oro.
El rey organizó una fiesta por tercera vez, y pasó lo mismo que las veces anteriores. De modo que el cocinero le dijo:
—Tú eres una bruja, animalillo salvaje. Siempre echas algo a la sopa para que esté muy rica y le sepa al rey mejor que la que hago yo.
Pero como se lo pidió tan insistentemente, la dejó ir un rato. Se puso el traje que brillaba como las estrellas y entró con él en la sala. El rey bailó nuevamente con la hermosa doncella y pensaba que nunca había estado tan hermosa. Mientras bailaban, sin que ella se diera cuenta, le puso en el dedo un anillo de oro. Había ordenado que el baile durara mucho tiempo y cuando éste se acabó, quiso retenerla por las manos, pero ella se soltó y se mezcló entre la gente tan rápidamente, que desapareció de su vista. Corrió todo lo que pudo hasta su cuchitril, bajó la escalera, pero como se había entretenido mucho más de media hora, no pudo quitarse el hermoso traje, sino que se echó el abrigo de pieles sobre él, y con la prisa no se tiznó del todo, sino que un dedo se le quedó blanco. «Toda-clase-de-pieles» se dirigió corriendo a la cocina, hizo la sopa de pan para el rey y en un momento en que el cocinero salió, puso dentro la devanadera de oro.
Cuando el rey encontró la devanadera en el fondo, hizo llamar a «Toda-clase-de-pieles»; entonces vio su blanco dedo y el anillo que le había puesto en el baile. La cogió por la mano y la sujetó. Ella quiso soltarse y escapar, pero el abrigo de pieles se le abrió un poco y el rey pudo entrever el brillo del traje de estrellas. El rey tiró del abrigo, descubriendo los cabellos de oro de la princesa, que apareció ante él en todo su esplendor y ya no pudo ocultarse por más tiempo.
Cuando se quitó el hollín y la ceniza de la cara, era lo más hermoso que se había visto nunca en la tierra.
El rey dijo:
—Eres mi querida prometida y no nos separaremos nunca más.
A continuación se celebró la boda y vivieron felices hasta su muerte.
La Sirenita de Hans Christian Andersen
En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.
La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.
La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.
-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!
-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.
La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.
Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.
-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!
Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.
-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.
Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!", pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”
A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!” La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.
La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.
-¡Cuidado! ¡El mar...! -en vano la Sirenita gritó y gritó.
Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.
El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.
Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.
-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...
La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.
-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.
La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.
Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.
Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.
-¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.
-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!
¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.
-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.
-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?
Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.
-Te llevaré al castillo y te curaré.
Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.
Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.
La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.
Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.
Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!
-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?
-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:
-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.
-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.
Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.
Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.
FIN
el mito de eros y psique
En una ciudad había un rey y una reina que tenían 3 hijas a cual más hermosas. La menor, Psique, era de tan deslumbrante belleza que multitud de paisanos y extranjeros acudían atraídos por la fama de tan singular espectáculo y la adoraban como si fuese la propia diosa Venus.
Su reputación creció tanto que ya nadie navegaba hasta donde se encontraban los templos para adorar a la diosa Venus, cuyos altares se empezaron a quedar sin ofrendas y cubiertos de fría ceniza. Esto convulsionó el animo de la verdadera Venus quien se dijo a sí misma:
- Esa jovencita, quienquiera que sea, no va a usurpar por más tiempo mis honores. Ya haré yo que se arrepienta ella sola de su afamada belleza.
E inmediatamente llamó a su hijo Eros y se lo llevó a la ciudad para mostrarle a Psique y contarle la historia de la rivalidad por su hermosura, después de lo cual le pidió:
- Por los lazos del amor maternal, te ruego que vengues a tu madre. Sólo te pido que consigas que esa muchacha se abrase de amor por el último de los hombres, alguien a quien la Fortuna le haya golpeado hasta el punto que no se pueda encontrar mayor desecho.
Acto seguido lo cubrió de amorosos besos y desapereció en el océano.
Mientras tanto, a Psique sólo la contemplaban y admiraban y nadie se le acercaba como pretendiente, por lo que permanecía en casa llorando su soledad, resentida contra su cuerpo y odiando su belleza. El padre comenzó a sospechar que tenía malquerencias con los dioses por lo que se acercó al oráculo de Apolo, quien le contestó:
- En el monte más alto, coloca a tu hija vestida de novia. No esperes a un humano como yerno sino a un verdugo cruel y alado.
El rey volvió desconsolado a su casa para dar cumplimiento al oráculo al cual Psique debía someterse. Se hicieron las ceremonias y partió el pueblo triste acompañando a su princesa y a sus reyes hasta la roca señalada en el más alto de los montes. En el camino, Psique les reprochaba:
- A qué viene golpearse el pecho y los senos y arrancarse las canas? Ahí tenéis el pago por mi belleza. Debisteis lamentaros cuando nos encomiaban con honores reservados a los dioses. Cuando me proclamaban como la nueva Venus. Sólo ahora me doy cuenta que lo que me ha perdido es el nombre de Venus.
Llegaron, por fin, a la roca donde dejaron sola a la muchacha. Estando Psique muerta de miedo y llorando, se levantó un suave Céfiro, que la elevó y la fue llevando por la ladera del monte abajo hasta dejarla reclinada sobre una pradera cuajada de césped en flor, donde se quedó dulcemente dormida.
Al despertarse, lo primero que vio fue un bello bosque con una fuente de agua, y en medio, una mansión regia construida con divino artificio. Inmediatamente, Psique se sintió atraída por la riqueza y magnificiencia de la construcción; se acercó un poco mas confiada y decidió cruzar el umbral. Lo que más le llamó la atención es que tantas riquezas no estuviesen protegidas con rejas ni cadenas ni un guardián.
Mientras observaba todo, le abordó una voz sin cuerpo:
- ¿Por qué estás aturdida ante tantas riquezas? Tuyas son. Los de las voces que oyes somos tus criados y vamos a estar cerca de ti para servirte.
Psique reconoció la llamada de la divina providencia. Se relajó, tomó un baño y dio cuenta de un exquisito festín que le fue servido por la fuerza del viento, acompañada por el canto de melodiosas voces.
Al terminar la agradable velada, se retiró a dormir. Entrada la noche, oyó llegar al marido secreto, quien se metió en su cama y la hizo su esposa. Al amanecer, poco después de que el marido se alejara apresuradamente, unas voces la consolaron por la virginidad perdida.
Las cosas fueron sucediéndose de esa manera durante un tiempo, y como suele ocurrir cuando algo se hace habitual, la primera sorpresa se convirtió en placer, y el sonido de las voces en consuelo a su soledad.
Una noche, el marido se dirigió a Psique, quien aunque no podía verlo, sí podía sentir el contacto de su piel y oírle, y le dijo:
- Mi dulce Psique, se acercan terribles peligros de los que tienes que protegerte. Tus hermanas te están buscando para ver si estás viva y pronto llegaran a la roca del monte. Cuando oigas sus lamentos, no respondas, porque me darías un gran disgusto a mí y te acarrearías la ruina.
Asintió ella, pero al día siguiente no hizo sino llorar y lamentarse de estar en una cárcel de oro alejada de todo contacto humano. Al llegar la noche y entrar el marido en la cama, la encontró llorosa aún. Después de incansables ruegos respondidos por advertencias de éste, consiguió que accediera a sus deseos de ver a sus hermanas, para calmarle la pena que sentían al creerla muerta y hablar con ellas. Además de acceder a los ruegos de la recién casada, le permitió que les llevara el oro y las alhajas que ella quisiera, pero le volvió a advertir de que no se dejara persuadir por el consejo de intentar ver la imagen de su marido, porque de suceder eso, se desmoronaría su afortunada situación y se quedaría sin sus caricias. A lo que ella respondió:
- Muera yo antes de renunciar a esta dulce compañía, porque quienquiera que seas, te amo apasionadamente, por lo que no te cambiaría ni por el propio Cupido.
Cuando las hermanas llegaron a la roca donde fue dejada Psique, comenzaron a lamentarse ruidosamente. Psique salió de su casa y le pidió a Céfiro que las trasladara sin daño y pudieron gozar de la emoción de volver a abrazarse, después de lo cual las invitó a entrar.
Después de la bienvenida les fue mostrando la opulencia de la casa, la cantidad de voces a su servicio, y las obsequió con un suntuoso baño y una mesa digna de dioses. Las hermanas comenzaron a incubar una gran envidia en sus corazones y no dejaron de interesarse con malsana curiosidad por el dueño de todas aquellas maravillas. Psique, comentó que era un joven apuesto que se dedicaba la mayor parte del tiempo en ir de caza. Para no cometer ningún descuido, las cargó de oro y de piedras preciosas y le pidió a Céfiro para que las llevara de regreso.
Consumado el regreso, aquellas hermanas corroídas por la hiél de la envidia, hablaban entre ellas:
- ¿Te has fijado hermana la cantidad de joyas y de cómo brillan los vestidos y la cantidad de oro que descubres a cada paso? Y si encima, tiene un marido tan apuesto como ella dice, no habrá una mujer más feliz en todo el Urbe. Si te has fijado, adopta ademán y superioridad de diosa una mujer que tiene a voces por sirvientes y manda en los mismos vientos. En cambio, a mí me ha tocado un marido más viejo que mi padre, más calvo que una calabaza; y por si fuera poco tiene todas las cosas de la casa guardadas bajo llaves y cadenas.
A lo que anadió la otra:
- Pues yo tengo que aguantar a un marido lleno de achaques y jorobado, con el que hago más el papel de una curandera que de complaciente esposa. Yo no voy a aguantar la suerte tan afortunada que le tocó a la que menos se lo merece. Recuerda con cuánta arrogancia y soberbia nos trataba, con que pequeña cantidad de riquezas nos ha comprado y cómo cuando se cansó de nosotras nos echó con viento fresco. No me tendré por mujer si no logro descabalgarla de su opulencia. Que se de cuenta de que en nosotras no tiene unas criadas sino sus hermanas mayores. Vayámonos ahora a casa, sin decirle a nuestros padres ni a nadie que la encontramos con vida, para no pregonar el bienestar del que dispone, y cuando hayamos madurado nuestras ideas hemos de volver decididas a castigar su soberbia.
En las siguientes conversaciones nocturnas, el marido le seguía advirtiendo:
- Esas pérfidas arpías están maquinando cómo persuadirte de que llegues a verme la cara, y ya sabes que no volverás a verla, si lo consigues una sola vez. Así pues, si esas vulgares vuelven, que vendrán te lo aseguro, no des oídos ni contestes a ninguna pregunta que te hagan sobre tu marido. Porque sabes que vamos a tener familia y ese niño que se está gestando en tu vientre será divino si sabes cuidar nuestro secreto en silencio, pero si lo divulgas, será mortal.
Con la noticia de su embarazo, Psique se vio desbordada de felicidad.
Tal como lo anunció el marido, las hermanas regresaron, al igual que la primera vez, por petición de Psique. Apenas se instalaron, comenzaron a preguntarle cómo era su familia, a qué alcurnia pertenecía, a qué se dedicaba. Y Psique, que tenía olvidada su primera versión les dijo que su marido era un comerciante de la región, de mediana edad. Nuevamente las llenó de ricos y regalos y tas devolvió en el vehículo airoso.
Las hermanas, mientras volvían a la casa. comentaban:
- No cabe duda hermana, que no sabe cómo es su marido. Cualquiera que sea la verdad, tenemos que despojarla cuanto antes de sus riquezas, porque si no sabe cómo es la cara de su marido seguro se casó con una divinidad, y que en su estado de embarazo nos va a parir un dios.
Pasaron la noche en vela y muy temprano, al día siguiente, se marcharon hasta el precipicio del cual volvieron a bajar con la ayuda del viento ya habitual. Al llegar le dijeron a Psique:
- En tu ingenuidad te vemos tranquila ante tanto peligro. Sabemos de buena fuente que quien está durmiendo contigo es una serpiente feroz que te devorará cuando tu embarazo llegue a la plenitud de su madurez.
Psique recordó la insistencia de su marido de no descubrir su rostro y, llenándose de desconfianza, se dejó arrebatar por el horror de aquellas sombrías palabras y cayó en la trampa de las hermanas, a pesar de las advertencias que había recibido. Oyó como le aconsejaban que al quedarse él dormido, ella se acercara con una navaja y una lámpara que le alumbre para poder, de un tajo, separar la cabeza del cuerpo de la repugnante serpiente.
Psique se quedó abandonada a la soledad de su tristeza, sintiendo que en un mismo cuerpo odiaba profundamente a la fiera y amaba con igual intensidad al marido. Y esa noche, tal como estaba planeado, al quedarse dormido su esposo, se acercó a él con navaja y lámpara. Al alumbrar los secretos del lecho, descubrió al propio dios Cupido hermosamente dormido. Se puso a contemplar por largo rato la perfección del divino rostro y el resto del cuerpo del cual blanqueaban unas alas húmedas. Se abalanzó sobre él apasionadamente, y en la excitación, la lámpara dejó caer sobre el hombro derecho del dios una gota de aceite hirviendo. La quemadura despertó al dios que, desembarazándose de los abrazos de la esposa se separó en silencio y levantó el vuelo hasta las alturas.
Psique, al ver desaparecer a su marido, se echó de cabeza a un río cercano quien, por miedo al dios, no permitió que se hiciera daño, depositándola en una amable ribera. El dios Pan, viendo el abatimiento de Psique, se le acercó y le dijo:
- Deduzco que te ves atormentada a causa de un gran amor. Hazme caso: no te eches a perder lanzándote al vacío, ni con ninguna otra forma de cita con la muerte. Abandona el dolor y la tristeza e invoca suplicante al mayor de los dioses. Cupido, y muéstrate dulcemente sumisa.
A partir de este momento, las cosas se mueven a otro ámbito. Psique comienza a deambular enloquecida. Lo primero que hace es llegar al reinado de sus hermanas y, engañándolas, hace que se precipiten a la muerte, una primero y otra después, desde la misma roca en la que supuestamente ella perdería su vida. Después de esos encuentros, camina perdida, como suele suceder cuando se pierde al Amor.
Mientras tanto, una gaviota aliada de Venus se le acercó a ésta para informarle de la herida de su hijo y de cómo éste había decidido instalarse en el lecho materno mientras se recuperaba. La diosa le pregunta si es verdad que su hijo anda enamorado, a lo que la gaviota contesta afirmativamente y, acto seguido. Venus oye el nombre de su odiada Psique como responsable de ese amor. Se lanza encolerizada a buscar a su hijo, encontrándolo en su dorado tálamo donde lo increpa con humillantes improperios y amenazas; tal era la ira que sentía ante su traición.
Al salir de su casa, se encuentra con Ceres y Juno quienes, conociendo la situación, abogan por Cupido, recordándole que ya éste había crecido y que lo esperado era que se enamorase, y terminan diciéndole:
- ¿Qué dios o qué hombre puede entender que, sembrando pasiones como acostumbras por todas partes, pretendas reprimir ahora en tu casa los amores del Amor?.
Venus con coraje las deja plantadas.
Mientras tanto, Psique no paraba de ir de un lado a otro buscando desesperada rastros de su esposo. Entró al templo de Ceres y luego al de Juno. En ambos les suplicó a las diosas que la ayudaran pero éstas, le informaron de la furia de Venus y se negaron a oír los ruegos de la desdichada aconsejándole que se entregara. Al tiempo se enteró de que Venus, utilizando a Mercurio como pregón, había ofrecido recompensa para quien le informara de su paradero, por lo que finalmente decidió dirigirse al encuentro de la diosa.
Fue recibida por una de las criadas, Costumbre, quien insultándola, la llevó a la presencia de Venus. Ella la entregó a otras dos criadas, Soledad y Tristeza, para que la martirizaran aún sabiendo de su embarazo cuyo fruto no reconocía como parte de su familia. Al devolverla a presencia de su señora, ésta se le echó encima y le hizo trizas los vestidos. Mezcló gran cantidad de diferentes granos y le aclaró que debía separarlos y distribuirlos por clase antes del anochecer, y dándole la espalda se alejó.
Psique, desesperada, ni siquiera intentó acercarse al montón de granos. Entonces, una hormiga, al darse cuenta de la dificultad del trabajo, se compadeció de la muchacha y fue de un lado a otro convocando a las hormigas de los alrededores, diciendo:
- Compadezcámonos de esta hermosa muchacha. esposa del Amor y salvémosla del peligro que corre.
Una tras otra se pusieron en movimiento, y ai tenerlas clasificadas, desaparecieron sin dejar rastro.
A la caída de la tarde apareció Venus, quien al ver terminado el trabajo, le dijo:
- Ni tú ni tus manos hicieron este trabajo, sino aquel a quien sedujiste para tu desgracia y la suya
Y se fue a dormir después de arrojarle un trozo de pan.
En la mañana del día siguiente, Venus llamó a Psique para encargarle otro trabajo: debía traerle un vellón de lana dorada de unas ovejas que pastan en un bosque cercano. Y hacia el bosque se dirigió Psique con la intención de arrojarse al río que lo atravesaba. Al llegar a la orilla del río, una cana verde le dijo:
- No manches con tu desventurada muerte la santidad de mis aguas, ni se te ocurra acercarte a esas terribles ovejas porque mientras reciben el calor del sol suelen ser poseídas por una fiera excitación y atacan a los hombres dándoles muerte. Cuando se haya aplacado la luz del mediodía y las ovejas estén distendidas, podrás recoger la lana dorada que se engancha en el follaje. Así fue como esta sencilla cana le mostraba a Psique el camino a su salvación.
Ni siquiera el peligro de esta segunda acción mereció el reconocimiento de Venus quien apenas vio llegar a Psique con el encargo, la mandó a su tercera tarea: traerle una vasija de cristal llena con agua del manantial, que se encuentra en lo alto de una escarpada montana, que da origen a las lagunas Estigias.
Empezó a subir la altísima montaña, con la seguridad de que en lo alto encontraría el fin de su vida, pero la angustia de aquella alma inocente no pasó desapercibida porque, de repente, acudió a su lado el ave real del supremo Júpiter ,el -águila, quien le quitó la jarra llenándola con el agua solicitada.
Y así fue como Psique consiguió volver con la tarea cumplida. Pero ni así se apaciguó la crueldad de la diosa, quien de inmediato le entregó una cajita diciéndole que debía ir hasta el Orco y decirle a Proserpina: "Venus te ruega que le pongas en ésta caja un poco de tu hermosura, pues la que ella tenía la ha perdido cuidando a su hijo enfermo, y se le ha marchitado". Entonces fue cuando Psique sintió más de cerca su destino final al comprobar que se le estaba llevando a una muerte segura. Sin pensarlo más. se subió a una torre altísima desde la cual pensaba arrojarse, pero la propia torre le habló haciendo que desistiera de su idea y explicándole, paso a paso, cómo podría llegar directamente al encuentro con la diosa de los infiernos.
Psique emprendió su carrera siguiendo al pie de la letra lo que la torre le había recomendado, con tanta minuciosidad que finalmente llegó a los pies de Proserpina para transmitirle el mensaje de Venus y salir de los infiernos con la caja rellenada y cerrada a escondidas. Al volver a ver la luz se sintió tentada por la curiosidad de abrir la caja y colocarse un poco del desconocido contenido para gustarle más a su amado. Y diciendo esto, destapó la caja de la cual salió una adormidera, posterior a lo cual la invadió un sueño estigio que la dejó sin sentido sobre el propio camino.
Mientras tanto, Cupido ya se había recuperado de su herida y se marchó volando hasta Psique. Al encontrarla, recogió la adormidera, la volvió a colocar en la caja y despertó suavemente a su esposa para que siguiera su camino hasta Venus, mientras él se dirigió a hablar con Júpiter para exponerle su caso.
Júpiter, tomando partido por Cupido, mandó a Mercurio a convocar la asamblea de los dioses donde informó de su deseo de que se celebrase el matrimonio entre Cupido y Psique. Para tranquilizar a Venus le comentó que haría inmortal a su nuera, para lo que mandó a Mercurio a que raptara a Psique y le ofreciera una copa de ambrosía.
Inmediatamente se sirvió una copiosa cena de bodas celebrada por todos los dioses incluyendo a Venus quien danzó al ritmo de una suave melodía. Psique quedó en poder de Cupido y a su tiempo nació una hija a la que llamamos Voluptuosidad.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
REFLEXIÓN bloque 1
En este primer bloque empezamos a introducirnos en la asignatura a través de un trabajo en grupo que consistía en definir una serie de palabras relacionadas con lo que vamos a estudiar.
Las palabras, aunque sabíamos lo que eran o por lo menos teníamos un pequeño conocimiento de ellas, nos costaba definirlas con las palabras adecuadas que fueran las que formaran la definición correcta.
Algunas de las que definí con mi grupo estaban bien o en parte bien y otras necesitan arreglos.
A la hora de exponerlo en clase, cada grupo había formado su definición. Algunos coincidiendo en algo en la definición correcta y otros no pareciéndose en nada.
A medida que leíamos la palabra a definir íbamos formando entre todos y con las ideas que sacábamos la definir correcta.
Creo que este trabajo es el correcto para introducirnos en la asignatura.
Me ha enseñado a conocer más sobre lo que voy a estudiar en ella y sobre todo a dejar atrás muchas ideas que nos han hecho pensar durante mucho tiempo y que con lo que vamos a ver en las distintas sesiones , la venda que tengo en los ojos de muchos cuentos se me va a caer.
Pienso que esta asignatura la debemos de dar en la carrera por que es muy importante y nos ayuda a diferenciar los diferentes cuentos que nos encontramos.
Saber si un cuento es o no folclórico, o popular.
Creo q esta asignatura me va a sorprende positivamente y que voy aprender muchas cosas que me van a ayudar no solo profesionalmente sino también personalmente.
Las palabras, aunque sabíamos lo que eran o por lo menos teníamos un pequeño conocimiento de ellas, nos costaba definirlas con las palabras adecuadas que fueran las que formaran la definición correcta.
Algunas de las que definí con mi grupo estaban bien o en parte bien y otras necesitan arreglos.
A la hora de exponerlo en clase, cada grupo había formado su definición. Algunos coincidiendo en algo en la definición correcta y otros no pareciéndose en nada.
A medida que leíamos la palabra a definir íbamos formando entre todos y con las ideas que sacábamos la definir correcta.
Creo que este trabajo es el correcto para introducirnos en la asignatura.
Me ha enseñado a conocer más sobre lo que voy a estudiar en ella y sobre todo a dejar atrás muchas ideas que nos han hecho pensar durante mucho tiempo y que con lo que vamos a ver en las distintas sesiones , la venda que tengo en los ojos de muchos cuentos se me va a caer.
Pienso que esta asignatura la debemos de dar en la carrera por que es muy importante y nos ayuda a diferenciar los diferentes cuentos que nos encontramos.
Saber si un cuento es o no folclórico, o popular.
Creo q esta asignatura me va a sorprende positivamente y que voy aprender muchas cosas que me van a ayudar no solo profesionalmente sino también personalmente.
martes, 2 de noviembre de 2010
PUESTA EN COMÚN
- Literatura: Disciplina o arte oral o escrito que hace referencia al corpus de obras que van relacionadas con los autores y cuyos géneros son:
• Épica
• Lírica
• Dramática
- Libro: Encuadernado de papel con cubierta de cuero o de tela que contiene más de 65 páginas.
- Cuentacuentos: palabra polisémicas.
La persona que los cuenta: persona con habilidades y destrezas que le permiten narrar un cuento de forma atractiva y envolvente, y sin ningún apoyo material.
Sin olvidar la acción: acto de contar un cuento.
-Lectura: Acto de comprender un texto.
La trasmisión del texto debe de ser exacta y no se cambian las palabras en la lectura.
- Narración con libro: Relatar un texto literario teniendo como apoyo algún tipo de libro impreso.
- Texto literario: Conjunto de obras en las que el autor transmite sus ideas, sentimientos y emociones a los lectores comparten la intencionalita de la literatura y son de ficción.
- Texto folclórico: Texto de tradición cultural.
- Textos de autor: Textos que tienen autor y qye para seleccionar autor hay que escogerlos, seleccionarlos.
- Biblioteca de aula: Lugar físico donde se encuentran los libros, revistas, cuentos… dirigidos a una edad.
- Rincón de lectura: Rincón habilitado donde los niños pueden leer.
- Cuento: Relato ficticio breve de transmisión oral o escrito.
También existen álbumes de imágenes.
• Épica
• Lírica
• Dramática
- Libro: Encuadernado de papel con cubierta de cuero o de tela que contiene más de 65 páginas.
- Cuentacuentos: palabra polisémicas.
La persona que los cuenta: persona con habilidades y destrezas que le permiten narrar un cuento de forma atractiva y envolvente, y sin ningún apoyo material.
Sin olvidar la acción: acto de contar un cuento.
-Lectura: Acto de comprender un texto.
La trasmisión del texto debe de ser exacta y no se cambian las palabras en la lectura.
- Narración con libro: Relatar un texto literario teniendo como apoyo algún tipo de libro impreso.
- Texto literario: Conjunto de obras en las que el autor transmite sus ideas, sentimientos y emociones a los lectores comparten la intencionalita de la literatura y son de ficción.
- Texto folclórico: Texto de tradición cultural.
- Textos de autor: Textos que tienen autor y qye para seleccionar autor hay que escogerlos, seleccionarlos.
- Biblioteca de aula: Lugar físico donde se encuentran los libros, revistas, cuentos… dirigidos a una edad.
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